Estudio relaciona el uso problemático de redes con sueño y salud mental

El impacto de las pantallas en niños y adolescentes no depende únicamente de la cantidad de horas de uso. El contenido consumido, el acompañamiento de los adultos, la edad y la forma de relacionarse con los medios digitales también pueden influir en sus posibles riesgos y beneficios.

Esta es la principal conclusión de una revisión publicada en la revista científica eClinicalMedicine, que reunió 121 revisiones sistemáticas, 2,790 estudios primarios y datos correspondientes a más de nueve millones de participantes de hasta 24 años.

La investigación, encabezada por Natarajan Padmapriya, de la Universidad Nacional de Singapur, analizó las asociaciones entre el uso de pantallas, redes sociales, teléfonos inteligentes, videojuegos y otros medios digitales con la salud, el comportamiento y el desarrollo.

Los efectos cambian con la edad

Entre los niños de cero a diez años, una mayor exposición general a las pantallas estuvo relacionada con peores resultados en áreas como el lenguaje, el desarrollo cognitivo y socioemocional, el comportamiento y la duración del sueño.

Sin embargo, los resultados no fueron negativos en todos los casos. El contenido educativo y apropiado para la edad, especialmente cuando era visto junto con padres o cuidadores, estuvo asociado con mejores resultados en el lenguaje y el desarrollo cognitivo.

En niños de cinco a diez años, el uso de teléfonos inteligentes y tabletas se relacionó con una menor duración o calidad del sueño. Los investigadores también encontraron diferencias según el tipo de contenido: los materiales educativos mostraron resultados favorables, mientras que el contenido fantástico o de ritmo acelerado se asoció con un desempeño cognitivo o académico más bajo.

El uso problemático preocupa más en adolescentes

Durante la adolescencia, el patrón de uso parece adquirir mayor importancia que el tiempo total frente a una pantalla.

El uso problemático de teléfonos, internet y redes sociales estuvo asociado con más problemas de salud mental, soledad, alteraciones del sueño, menor actividad física, peor calidad de vida, consumo de sustancias y conductas relacionadas con autolesiones o pensamientos suicidas.

En varios de los análisis agrupados, el uso problemático se relacionó con aproximadamente el doble de probabilidades estadísticas de presentar problemas comunes de salud mental, dificultades para dormir, soledad o conductas de autolesión. Estos resultados describen asociaciones y no demuestran que el uso digital sea la causa directa.

La investigación también identificó diferencias según el contenido. Las publicaciones que promueven una imagen corporal positiva se asociaron con mayor bienestar, mientras que aquellas enfocadas en ideales corporales poco realistas mostraron una relación desfavorable.

Los videojuegos activos, que requieren movimiento físico, también estuvieron vinculados con más actividad física y mejores indicadores de bienestar.

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No se puede afirmar que las pantallas causen estos problemas

Los autores advierten que los resultados deben interpretarse con cautela. Cerca de dos tercios de las revisiones incluidas fueron clasificadas con una calidad metodológica baja o críticamente baja, mientras que el 92 % presentó un nivel de certeza bajo o muy bajo.

Gran parte de los estudios analizados fueron observacionales y de corte transversal. Esto permite identificar que dos fenómenos aparecen relacionados, pero no determinar cuál ocurrió primero o si uno provocó directamente al otro.

Por ejemplo, un adolescente que ya enfrenta depresión, ansiedad o soledad podría recurrir con mayor frecuencia a las redes sociales. Al mismo tiempo, determinados patrones de uso podrían intensificar esas dificultades. La relación puede funcionar en ambas direcciones.

La mayoría de las investigaciones también dependió de estimaciones realizadas por los propios participantes o sus cuidadores y solo alrededor del 5 % procedía de países de ingresos bajos o medios.

Más allá de contar las horas

Para los investigadores, las recomendaciones deben dejar de concentrarse exclusivamente en el tiempo de pantalla y considerar qué contenido se consume, en qué plataforma, de qué manera y con quién.

Durante la infancia, sugieren reducir la exposición que sustituya el sueño, la actividad física, la interacción familiar o el aprendizaje presencial. Cuando se utilicen pantallas, recomiendan priorizar contenido educativo y apropiado para la edad con la participación de los cuidadores.

En los adolescentes, la atención debe dirigirse especialmente al uso nocturno, los patrones compulsivos, el contenido perjudicial y las características de las plataformas diseñadas para prolongar la interacción.

El estudio también plantea que las políticas públicas deberían exigir mayor transparencia sobre los algoritmos, limitar mecanismos que incentiven el uso excesivo y regular la publicidad dirigida a menores.

La conclusión no es que toda tecnología resulte perjudicial para los jóvenes. La pregunta más útil ya no sería solamente cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, sino qué consumen, cómo utilizan las plataformas y qué actividades importantes están siendo desplazadas.

LA FICHA · POR OLBIS MORROBEL

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